top of page

El inventario de la luz: ocho años, una llamada y una ausencia

Foto del escritor: Alexa Marisol Vasquez
Alexa Marisol Vasquez
26 ago
3 min de lectura

Comencé a escribir sin saber que algún día tendría un libro. No tenía planos ni un camino claro, solo juntaba palabras y recuerdos, como quien construye una casa sin planos. Ocho años atrás, en 2018, una palabra chaqueña anotada en un margen, una receta de mi madre repetida de memoria, el nombre de una calle de Resistencia que ya no existe, y el sonido del guaraní cruzando el patio de mi abuela, fueron los primeros materiales de esta construcción. Durante todo ese tiempo, hice lo que nadie ve: contar, guardar, perder y volver a contar.


Vista a nivel de una mesa con cuadernos y hojas manuscritas dispersas, reflejando el proceso de escritura
Cuadernos y apuntes que representan el proceso de escritura durante años

El inicio sin certezas


No sabía que aquel conjunto de palabras y recuerdos se convertiría en un libro. Empecé a escribir a los dieciséis años, con cuadernos comprados en la librería de la calle Illia. La poesía fue mi refugio, aunque me dijeron que no daba de comer. Por eso estudié economía, buscando una seguridad que la poesía no ofrecía. Pero la poesía me dio algo distinto: me dio vida.


Durante años, escribí sin expectativas. Envié mi manuscrito, El inventario de la luz, bajo el seudónimo Alba Rinaldi, nombre de mi bisabuela italiana, como quien lanza una botella al mar. Venía de dos años de rechazos, de becas no obtenidas, de poemarios que volví a encuadernar con hilo y aguja en la mesa de la cocina porque no tenía dinero para imprenta.


La llamada que cambió todo


Un martes de abril, a las tres de la tarde hora de Brasil, sonó el teléfono. Del otro lado, un prefijo de España que había memorizado de tanto revisar la convocatoria. Tenía a mi bebé lactante en brazos. Cuando me dijeron que querían hablar de mi libro, sentí un temblor en la voz que no pude controlar. Lloré con el bebé en brazos. Mi esposo, mi única red de apoyo y familia aquí, me miró sin entender. Solo repetía el nombre Baena, como si pronunciarlo me acercara a un mapa, a un lugar donde todo empezaba a tener sentido.


Plano medio de un teléfono antiguo sobre una mesa de madera, simbolizando la llamada decisiva
Teléfono antiguo sobre mesa de madera que representa la llamada que cambió la vida

La escritura como acto de resistencia y memoria


Durante esos ocho años, escribí lo que nadie ve. Guardé palabras, perdí otras, volví a contar historias que parecían pequeñas pero que, juntas, formaban un inventario de luz. La luz que ilumina la ausencia, la memoria, la identidad. La luz que nace de una palabra chaqueña, de una receta familiar, de una calle que ya no existe.


La escritura fue un acto de resistencia frente a la ausencia. La ausencia de un lugar, de una familia extendida, de un reconocimiento. Fue también un acto de amor hacia mi historia y hacia quienes me acompañaron en el camino, aunque no siempre estuvieran presentes.


La economía y la poesía, dos mundos que se cruzan


Estudié economía porque me dijeron que la poesía no daba de comer. Y es cierto, no da de comer. Pero da de vivir, que es distinto y a veces más. La economía me enseñó a entender el mundo desde otra perspectiva, a ver las estructuras que moldean nuestras vidas. La poesía me permitió contar esas vidas desde la emoción, desde la memoria y la identidad.


Esta combinación me ayudó a construir El inventario de la luz como un espacio donde convergen lo personal y lo colectivo, lo tangible y lo intangible, lo económico y lo poético.



Reflexiones finales


Ocho años, una llamada y una ausencia. Así se puede resumir el camino que llevó a El inventario de la luz a encontrar su lugar. No fue un camino fácil ni lineal. Fue un proceso de construcción paciente, de juntar materiales dispersos, de contar y volver a contar.


Este libro es un testimonio de que la escritura puede ser un refugio y una forma de resistencia. Que la poesía, aunque no dé de comer, da de vivir. Que las palabras guardan luz en medio de la oscuridad y que, a veces, una llamada puede cambiarlo todo.


Si estás escribiendo, guardando recuerdos o luchando por encontrar tu voz, recuerda que cada palabra cuenta. Que cada historia tiene un lugar. Y que la luz siempre puede inventarse, incluso en la ausencia.



¿Quieres compartir tu propia historia o proyecto de escritura? Me encantaría leerte y acompañarte en ese camino. La escritura es un viaje que no se hace solo.


 
 
 

Comentarios


bottom of page